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Sólo quería hincarle el diente a un pastelillo, así que me acerqué, lo elegí de entre varios en la vitrina, se lo señalé al vendedor que tenía cara de galleta dura, no me entendió, señalé de nuevo, tampoco,.. ahora sí. Busqué monedas de denominación pequeña para pagar y aligerar el bolso al mismo tiempo, ya se sabe eso de dos pájaros de un .. por cuatro monedas, sale uno ganancioso.

Saqué de la bolsa grande la bolsa pequeña, y de ésa el pastelillo envuelto a su vez en un papelillo suave y blancuzco, un tanto transparente que me dieron. Hasta pensé que los empaques seguro que valen más que el pan mismo. Lo coloqué en la palma de la mano para mirar un poco a qué le iba a dar de mordiscos.

Parecía un pequeño volcán con la fauce abierta y a punto de expulsar una materia amarillenta, brillante de grasa y temblorosa como virgen a punto de dejar de serlo. Miré el color, y no se parecía a ninguna sustancia comestible natural, era el tono paliducho de la crema revuelta con la yema de un huevo, o de unas gotitas de color vegetaloide del No. 347.

Observé la orilla de abajo oscurecida, ya un tanto seca diría yo, como la piel vieja de los sacos que uno ya no usa por desastrados. Más arriba me animó ver el azúcar glass espolvoreada por aquí y por allá coquetamente, haciendo montículos en el montículo general, muy apetecible todo, sí, sí.

Imaginé el delicioso sabor de lo requemado de la base, mas lo cafesoso del monte, y el azúcar glass sudada, más el relleno cremoso y con temperatura cálida que amenazaba con salir como en estampida a la menor provocación.

Seguí mirando y me pareció un pecho abierto por la punta segregando leche descompuesta, o un barro gigantesco a punto de reventar con la grasa esa maravillosa que sólo la juventud adolescente y sana puede generar en sus mejillas y narices.

Sospeché la sensación de la crema amarillosa pegándose en mi paladar, revistiendo mis muelas, entretejiéndose con mi saliva. Vi como mis dientes estaban a punto de triturar la forma y fondo del bizcocho para volverlo una pulpa maravillosa de pan, grasa, azúcar y colores que pasaría por todo el sistema digestivo de manera lenta pero segura.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar bien, pasé junto a un bote de basura verde y deposité ahí bolsota, bolsita, papel suave, pasta requemada, azúcar, relleno cremoso amarillo tipo canario enfermo y mis esperanzas en la vida.

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