La única otredad que me molesta es la tuya. Es un gran alivio contar con la claridad de que lo otro no es yo misma.
Pero cuando de ti se trata, se instala el gran misterio en la diferencia, el límite entre quien eres y quien soy. No es que quisiera que fueras yo, pues con eso desaparecería la gran pregunta y el interés. No. De hecho tu caja torácica envuelta en músculos y piel llenísima de pelos protege el inmenso lecho de tu otredad de mi invasión. Pero tengo un anhelo de escuchar, dibujar, aprehender cómo es que te relacionas conmigo. Qué se siente desde tú mirar a yo. Qué deseas? Qué no deseas? Qué miras? De qué no te das cuenta? Creo qué esa es la definición del amor: el no saber, el maremoto generado por el deseo de penetración perennemente imposibilitado.
Aunque un día pudiera ver lo que hay dentro de tu pecho, lo más que lograría aprehender sería el color, forma, consistencia y distribución de tus órganos vitales, pero nunca qué siente el cuerpo tuyo cuando nota latidos o se le alborota de más alguna víscera.
Si ni siquiera cuando compras un objeto logra ser tuyo del todo porque puede romperse, descomponerse o quedar escondido, transformarse o ser robado. La capacidad de perderse de una persona deseada, de hacer su propia voluntad, desdecirse, mutar, morir, es infinita.
La imposibilidad de la posesión, de la comprensión del otro, de su mutismo parcial, es la fuente del deseo interminable que nos tendrá como burro tras zanahoria hasta el último instante.
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