Se suponía que irían a ver una película sobre la vida de los pinguinos en el polo sur. Ella se puso ropa cómoda, porque es complicado estar en el cine de falda y tacones, una no se encuentra a gusto. La primera complicación tuvo que ver con la gran cantidad de autos en el estacionamiento del centro donde se ubicaba la sala de cine: él se comportó de mal humor y respingaba de todo tipo que fuera despacio dentro del área. Ella quiso conservar el sentido del humor. Luego vino por supuesto el lío de la fila para la compra de los boletos: a él le parecía que el cajero era excesivamente lento y se dedicó a criticarlo en palabras demasiado fuertes para los gustos de ella. Ustedes saben como es el asunto de la espera para pagar una caja de palomitas con sabor rancio y una coca cola de máquina que sabe demasiado dulce: "carísimo para la mierda que te dan", dijo él. Ella se metió a orinar antes de la función y se tardó un poco porque hubo de esperar turno, sintiéndose sutilmente tensa e incómoda. Cuando salió, no lo veía por ningún sitio, hasta que se le ocurrió que tal vez él había decidido entrar a la sala sin esperarla, pero no: lo vió parado primero sobre un pie, luego sobre el otro, rascándose la naríz y mirando con desesperación hacia adelante, formado antes de entrar. Puf, se dijo ella, mientras se acercaba a él. Cuando al fin se sentaron, a él le tocó un señor alto y fornido delante, se tenía que mover a los lados para mirar bien. Hubo como 25 minutos de cortos antes de la función, en los cuales él le comentaba los anuncios con voz mas o menos alta y molesta, criticándolo todo. Ella estaba con dolor de cuello antes de que la función propiamente empezara. Fué de pronto que se le ocurrió: se levantó de la butaca, salió de la sala, apagó el celular, se internó en la calle, caminó a un café y se sentó en una mesa a disfrutar de una agradable bebida caliente. Su propósito mas firme era olvidar el nombre del tipo, borrar sus teléfonos de la agenda, y no contestar llamadas sin saber quién la buscaba por los próximos dos meses.
   
 
 

Aunque claro, no era necesario molestarse en evitar llamadas, pues un hombre así jamás la buscaría de nuevo después de darse cuenta de que ella se fue intempestivamente, y sin decir ni pío.

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