Mi amigo Coprocito (en realidad se llama Copro, pero le decimos siempre por su diminutivo) se sentía mal, y me llamó para que lo acompañara un rato en su desazón. Yo con mucho gusto accedí porque siempre estoy dispuesta a ayudar a los verdaderos amigos. Llegó como siempre impuntual y un poco sucio. Yo así lo quiero, no importa. Olía raro, pero así lo acepto. Usó palabras relacionadas con las excreciones corporales para contarme su problema. Su boca emitía sonidos parecidos a trompetillas, y cuando tocaba el mantel sus manos dejaban manchas color ladrillo. Me pedía consejo. Yo no sabía bien a bien que decirle, entonces le sugerí que comprara papel de ese que viene en rollos largos compuestos de cuadrados que se cortan fácilmente y que terminan en un cartón gris o cafesoso. Que usara ese material para limpiarse y así se sentiría mejor. No pude comer mientras conversábamos, sólo lo miraba y lo encontraba demasiado solidificado en sus problemas, sin forma adecuada para evacuarse de donde se encuentra atorado. Creo que con un pujante esfuerzo se liberará de su prisión. Como soy doctora le recomendé que mientras, se tomara un purgante, o en otras palabras mas elegantes, un laxante suave para que logre salir de todo eso.


Foto de mi amigo Copro en buenas manos.

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