A veces, cuando no hay nadie en casa, me siento en algún lugar, preferentemente el piso, concentrada en mi entorno. Percibo los ruidos de la casa, como se requiebra, susurra, se retuerce, silva, el aire se le recarga, el calor se le entromete, alguna mosquita la habita, oigo las respiraciones de las cosas ausentes, de las presentes, los resplandores, los reflejos de los seres que la habitan, las palabras atrapadas en sus paredes, los recuerdos que no logran salir, los gritos y alaridos de otros tiempos, oigo el silencio pesado y mudo, la traición que le imponen los ruidos, la ruptura de barreras que se da cuando perros externos chillan, niños pelean, hojas caen sobre el techo, pájaros le cagan la fachada. Me vuelvo una con la casa, y ella se alimenta de mi vitalidad.

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