El primer paso fue vivir sorpresa al mirar sus labios: le gustaron mucho. Estaban frescos, brillaban, la tonalidad roja era de inmensa vitalidad, amén de que las comisuras se arqueaban hacia arriba cuando se dirigían a ella.

Sus manos largas y nudosas también fueron una revelación interesante. Blancas, con venas azuladas, nudillos delineados, dedos chuecos y uñas comidas, mostrando la tendencia ansiosa y sus retruécanos interiores.

 

       
 

 

       
 

 

 

 

     
 

 

 

 

   

El segundo paso, casi encimado en el primero fue desearlo. Imaginar su boca encima de la de ella, su saliva fresca, sus dientes y ese inmenso deseo de entender el sabor de su interior. Esas viriles manos se posaron con la fantasía ardorosa en su cintura, luego en sus pechos y en su cara, reconciéndola y aprendiéndosela.

 

 

       

 

El tercer paso fue mucho más prolongado, duró meses: buscarlo, desearlo, seducirlo. Tratar de adivinar si él quería o no estar con ella, escucharlo hablarle de su vida, notar la mente de él revoloteando en otros nidos.

       
 

 

Falta el cuarto paso que será soltarlo sin haberse satisfecho nunca de él. Liberarse de sus labios, manos y corazón.

 

       
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