Le fue pescando un hábito. El de mirarla. Desde su escritorio la volteaba a ver demasiado a menudo. Ella no tenía nada de especial, no era de una edad en que fuera posible que se hicieran pareja (ella mucho más joven), no tenían nada en común. No, no era por ese lado. Era una especie de curiosidad permanente de la cual no podía sustraerse.

Le dió por mirar sus muslos gordos y feos, sus zapatos, con poca variedad y casi siempre muy gastados. Sus actitudes corporales, las caras que ponía al hablar (muy a menudo) por su celular, las cosas que comía compradas en la tienda de abajo.

Se interesaba por el movimiento de sus cabello negro y brillante, con corte muy soso y descuidado. Se detenía ante la manera en que acariciaba su ceja izquierda cuando leía algo en la computadora y se concentraba.

Tardó tiempo en darse cuenta cabal de que lo que le movía era que ella nunca lo volteaba a ver, no sabía su nombre y ni siquiera por casualidad se cruzaban sus miradas. El día en que le quedó claro todo, fue cuando se toparon en el metro (él no lo usaba, pero ese día lo utilizó). Ella estaba junto a él y no lo reconoció y actuó como si nada, leyendo sus mensajes del teléfono y rebuscando cosas en su bolsa de mano. Al mirarla, reconocía su propia soledad y falta de miradas.

 

 

   
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