Ella pensaba (erróneamente, – siempre es muy fácil verlo desde perspectivas externas -) que no tenía sentido cambiar las cosas porque si estuviera casada con otro las circunstancias de todos modos serían parecidas.
A ella le gustaba cantar y sobre todo conversar dando vueltas a los temas para entenderlos de los pies a la cabeza y de la espalda a la barriga. Disfrutaba el contacto corporal, le encantaba ver películas o la tele abrazada o enredada y desenredada a intervalos. Caminar era una de sus actividades favoritas, desplazarse por lugar nuevo haciéndolos suyos en la paseada. Prefería comer poco, cocinar simple. No quería comprar más de la cuenta en el supermercado para que no echaran a perder las cosas. El orden moderado pero constante en su casa la mantenía respirando con frescura. Leer era mejor que ver películas gringas, sin duda.
El no cantaba nunca, conversaba parcamente, compraba en abundancia, comía a granel, se acaloraba con el contacto físico, estacionaba el coche lo más cerca que podía de los sitios a los que iba para no tener que caminar.
Cuando peleaban parecía que se iba cada uno a un universo alterno para explicar las cosas y sus diálogos nunca se tocaban.
Sería justo todo eso lo que hacía imposible pensar en romper? No se entiende el caso.

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