Ella miraba al malabarista
durante el alto. ¡Qué calor hacía!
Tenía abiertas las ventanas. Pensaba en lo
difícil de la vida de ese chico flaco y sucio. La camiseta
le quedaba muy corta y cuando levantaba los brazos se le miraba el
ombligo hundido. El pantalón casi se le caía y no
parecía que tuviera calzones. Le daba vueltas a tres varas
de metal con unas flechas oxidadas en la punta. Era malísimo
en su quehacer, a veces se le caía alguna. Ella
pensó que era un tanto a destiempo que se tumbara el chamaco
en el piso a mover las vara-flechas cuando casi se pondría
el verde en el semáforo. Además seguramente el
asfalto estaba hirviendo, se notaba vapor que subía
del suelo. En cámara lenta registró su cerebro la
impresión casi  fotográfica de 
uno de los instrumentos de trabajo del muchacho con la punta dirigida
hacia abajo cayendo hacia el ojo, sí. Vió con
claridad la contorsión, la sangre y  los pies
descalzos con los dedos encogidos del joven 
antes de que mucha gente se arremolinara alrededor
impidiéndole pasar con el carro cuando se puso en efecto muy pronto el verde.

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