Su
madre siempre lo dejaba confuso. Le daba permiso de tomar toda clase de
libertades, pero él dudaba en aceptar sus bondades.
“Haz lo que te dicte la conciencia”, le contestaba ella cuando
él quería hacer cualquier cosa. Lo
decía con una cara un tanto dura y rígida que no
denotaba ni felicdad ni tristeza alguna. El quedaba desconcertado. “Te
espero a que regreses para estar tranquila”, le decía y se
daba la vuelta para apoltronarse en el sillón a leer
 o a tejer y mirar la tele.

Cuando le presentó a Tere, estaba nervioso. Esperaba con
ansia leer en la reacción de su madre el tono de
aceptación o rechazo. Ella fue amable, considerada, incluso
los dejó solos en la estancia toda la tarde. Cuando
regresó a casa después de dejar a la novia en su
casa, la madre no dijo nada en especial. Ni para bien ni para mal.
¿Cómo leer esos datos? Que no comentara 
podía significar una aceptación tácita
o un rechazo amablemente velado, quién podría
deducirlo con certeza?

Tere tampoco le dijo nada acerca de sus impresiones. Cuando iban a casa
de él, la notaba tensa y rígida, hablando
quedamente y con falta de soltura. Doña Isa les preparaba
pay de manzana, compotas o frutas frescas picadas para que estuvieran
cómodos en casa, y no pasaran antojos. La mansión
modesta siempre estaba limpia y acicalada.

Del romance se generó un embarazo fuera del matrimonio.
Julio se lo comunicó a su mamá nomás
estuvieron a solas. “Te tengo que decir que vas a ser abuela,
mamá. Es una cosa muy inesperada pero creo que
será bonito para todos”. Doña Isa no
mostró sorpresa ni alegría. No dijo nada,
asintió con la cabeza y siguió sentada ahora con
la mirada fija hacia el frente.

Teresa y Julio continuaron reuniéndose largas horas en casa
de él mientras avanzaba el embarazo. Como él
aún era estudiante, ella se quedaría algunos
años en casa de sus padres en lo que los dos
podían solventar una vida familiar independiente.

Pero con todo y crío que nació a tiempo y fue muy
apuesto, llorón y pispireto, la relación de los
novios se fue secando. Cada día había menos
espontaneidad, gusto y comunión entre ellos. El
niño lloraba mucho cuando estaba en casa de su padre, se
sentía mucho más a sus anchas con sus abuelos
maternos, con los que se desarrollaba bien y bonito. Los novios
mostraron desaveniencias y tensiones hasta que Tere, muy
jóven y con futuro promisorio, liberó a Julio de
compromisos presentes y futuros con el vástago en
común y con ella misma.

Cuando dejaron de verse Tere y Julio, Doña Isa le dijo
simplemente a su hijo: “era de esperarse”.

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Un comentario en “Los mensajes de una madre ****

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