Siempre creyendo que
uno se imagina las cosas, claro que sintió el olor a quemado
pero creyó que “no pasaba nada” en realidad. Un ambiente de
condescendencia y silencios tatuaba el ambiente. Se nos olvida
cómo nos grita a la cara el silencio. En retrospectiva se
dio cuenta de que los demás ya sabían y le
miraban con cierta piedad (o alegría?).
El ahora recordadísimo día en que el
señor Gutemberg la llamó a su oficina y le
pidió que tomara asiento en lugar de dictarle las
necesidades mientras ella estaba de pie al lado del escritorio, no
estaba preparada sin duda para lo que sucedería. Para
suavizar el tramo – él en el fondo sabía que no sería grato el asunto – le dijo que estaba a punto de empezar a ganar
más dinero , cosa que “a nadie le viene mal”. A continuacion
la noticia: se le pedía que sustituyera a Graciela en las
labores de auditoría de la pequeña empresa, lo
cual significaba vigilar, perseguir, espiar, contar y sospechar de
todos sus compañeros para hacer bien su trabajo.
¡Convertirse en inquisidora! Dejar de ser
partícipe de los chismes de oficina, de las risotadas y las
pequeñas triquiñuelas inocentonas.
 Reportar las anormalidades o detalles alternos  de
las cuales había tomado parte durante años de su
vida.  Dejar de ser parte para volverse juez.  Lo
más complicado de todo: no poder decir que no deseaba ese
puesto implicaría que algo tenía que esconder, lo
cual iniciaría la primera parte de su proceso de despido.
“Es apenas el premio que usted
merece por su labor destacada”.

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