Yo
creo adivinar dónde estuvo el inicio fatídico del
declive de la relación entre Julio Cortázar y
su mujer Aurora: en 1953, estando en París más
bien cortos de dinero, ella lo convenció de comer
 con  margarina   en lugar de mantequilla, “sustancia especialmente
repugnante pero tres veces más barata”.

También
por esas fechas ella le explicó  que – en palabras
de él –  “no tengo la menor idea de cómo
lavar toallas y camisas”
Para
consolarse decía que no sabía si estaba en la
realidad o en la marañana de uno sus cuentos de Axolotl.

Es
difícil saber bien a bien cuándo 
empezamos los deslices irreconciliables.

Cartas a los Jonquieres
Julio Cortázar P. 152
Ed. Alfaguara

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