Hay algunas pérdidas en las que no es posible encontrar compensación. El duelo como acto de enlazar una muerte a la subjetividad es un trabalenguas en la cabeza. Traba lenguas. Pausa a la lengua. Es un cohete que se ramifica a todas las esferas. El día nuevo, la respiración cuando el otro ya no puede hacerlo, se vuelve incomprensible. Casi parece increíble que se pueda continuar. Es algo mucho más que la tristeza, ya que ésta puede muchas veces ser explicada, atada a algo en concreto. Los minutos que nos duelen desde lo que nos nutrió, los que nos queman desde lo que nos costó y enojó.
Atrevernos a seguir siendo sin el otro, dejar de sorprendernos por que nos dejó, prescindir de imaginar sus vivencias finales, haber querido estar ahí, dar la mano.
No podernos mirar en el espejo del dolor de los otros, que no entendemos ni se parece al nuestro, por lo menos en apariencia. El misterio del rumbo que toma el suceso en otros vivos.
La imposibilidad de compartir el dolor, la soledad del acto que debe llevarse a cuestas sin ayuda posible. Contrastado con la necesidad de hacer lo cotidiano, tender una cama o calentar agua para el café.
El pasmo por la conciencia de fragilidad, la incertidumbre y la discontinuidad.
La incapacidad completa de entender qué significa el cuerpo de un muerto. Sobre todo de un recién muerto y no enterrado. Intentar aprehender que el otro ya no es. Cómo hacerlo cuando todavía lo es y lo será siempre dentro de nosotros?

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3 comentarios en “Duelo **

  1. Querida Noemi, espero en Dios que en tu realidad no estés viviendo un duelo, pero me inclino a pensar que sí, porque sólo de esa manera, surgido desde la experiencia del sentimiento propio puede escribirse de esa manera. Te dejo mi saludo. Vine y me fui sin escribir porque quería traerte un poema bellísimo acerca del tema, que mi hijo escribió, pero no localicé el archivo.

    Te dejo un abrazo emocionado y sincero

  2. El amor y la muerte siempre lo pillan a uno de novato.
    De cualquier modo, es un dato consolador e interesante, lo que me ocurrió la primera vez que vi a un ser querido muerto. Entré en la habitación, y solo atravesar el umbral, desató una llantera serena pero bastante respetable, no solo por la pena sino por la impresión de lo que estaba a punto de ver.
    Sin embargo cuando le tuve delante me sorprendió cómo me llenaba de una paz enorme (no dejé de llorar aquello pasó a través del llanto como puede pasar el viento a través de las ramas de los árboles) de un sentimiento comprensivo ante el enigma, de aceptación…
    y de un amor bastante grande también por lo que tenía delante. Después de todo era el cuerpo de un ser querido y que no por muerto iba a dejar de querer.
    El último post que hay en mi blog habla un poco de todo esto… pero antes de que hubiese ocurrido, en la agonía, digamos al borde de lo que iba a ocurrir.
    No tenía intención de contar esta parte en el blog pero al final lo he hecho aquí. Si sirve de algo yo me doy con un canto en los dientes.
    A mi me sirvió. De hecho es algo que en mi fueron interno yo consideré una especie de última lección…. hasta el último momento íbamos a aprender algo juntos.

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