Regresar a casa fue pesado para mi alma. Había estado ya tan fastidiada de las paredes que la necesidad de volver vencía mi cuerpo y mi voluntad. Abrí la puerta, lo primero, escuché el trinar de los pajaritos que viven conmigo. Me quité el cinturón y los zapatos y literalmente me aventé en el sillón. Mis músculos dejaron de tener fuerza y toda mi persona se repegaba por gravedad en las telas.

Entendí todo de un trancazo. Llega un momento en que la vida se vuelve un Bolero de Ravel, un disco rayado, una cacofonía. Vamos interminablemente por la vida como burro tras zanahoria. Terminar la escuela, terminar el trabajo, terminar de lavar la vajilla. Pagar los plazos, atender a la abuela. Y el día que te cansas de perseguir, ¡sorpresa!, no sabes hacer otra cosa.
Se instaló la alarma en mí porque dejé de estar bien estando dentro de la jugada de la vida y también fuera de ella. Una ansiedad muy perturbadora me hizo ver las cosas rojas, luego grises. Se me ocurrió que si no fue el encierro o salir la solución, podría serlo hablar con alguien. ¿Pero, con quién?
Lo busqué justo a él por que durante años dijo que me quería mucho, que apreciaba mis asuntos y que adoraba mi cuerpo. Nos vimos en un cuarto de hotel, simplemente por que así habían sido la mayoría de nuestros encuentros. Estaba más flaco y empezaba a arrugarse de la cara. Me tomó la mano mientras contaba su resumen. La misma gata vida, hasta de similar color. Agobiado por el trabajo y por la esposa inútil. No había cambiado de ocupación siendo que no le daba lo que necesitaba para comer y estaba en apuros permanentes de dinero y tiempo. A la par que lo oía me decía: “¿cómo me va a ayudar él a cambiar de perspectiva?”
Le dije: “Estoy desesperada, ayúdame”. Sus ojos verdes me miraron literalmente desde el país de la impotencia. Le conté cómo solté todo lo que me había asido la vida: el trabajo, los amigos, la electrónica, la comunicación masiva. Detallé como encogí mi vida para tratar de quedar desnuda y limpia y ver qué había en mí digno de vivirse. Le dije de mi salida a la calle y la desesperación de no encontrar nada ahí tampoco. Casi me carcajeo cuando su respuesta fue: “necesitas buscar ayuda”. ¡Qué risa!, ¿qué creía que estaba intentado hacer en ese momento?

Después de un rato de hablar decidí callar, porque el asunto no llevaba a nada, ni siquiera a una sensación de matriz empática. En realidad se acrecentaba la desolación por que mi comunicación con otros ojos, otra cara y otros dientes quedaba truncada en el intento. Trasladando la sensación a una imagen gráfica: estaba parada en una frágil tela de cielo que se rompería en los siguientes dos segundos.

La solución no estaba en dejar de hacer cosas, tampoco en hacerlas y menos en pedir auxilio. Naturalmente me fue llegando una sensación de respuesta. La reconstrucción es un asunto interno, personal, inconfundiblemente solitario.

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