Después del encierro, decidí salir a la calle. Ya no recordaba muy bien que hay que vestirse de manera que no nos veamos raros ante los otros, peinarnos y tener bien lavadita la cara. El aire en las mejillas me producía desconcierto.

Recordé que toda la ciudad es mía: las piedras, el cemento, el acero, las tiendas, los papeles tirados, el olor a fritanga. Se me mostraban las portadas de las revistas, los anuncios de refrescos, podía entrar a comer una hamburguesa si deseaba y usar el baño del lugar, su agua y su papel de baño.
Me metí al metro solamente para sentarme en un lugar vacío y poder mirar discretamente la cara de la gente, su vestimenta, lo que llevaba en las manos. Trataba de escuchar sus conversaciones, me daba curiosidad oír los tonos que habían elegido para sus celulares. Los niños me encantaron de nuevo, entre inquietos y serios, a veces tomados de la mano de algún adulto.
Comprendí la inmensidad de mis tesoros: los pies cabalgantes, la piel desnuda para sentir el aire, los dientes intactos para comer cosas prefabricadas, dulces, bien armadas. Tuve que usar mi voz y la encontré templada y bonita, femenina y dulce. Mis piernas torneadas se movían alegres y pispiretas, libres de ataduras.
En la banca que está junto a la fuente, en el parque de las palomas grises y blancas, se sintió un poco de incomodidad. No se recargaba una totalmente por que quedaba demasiado inclinada hacia atrás. Pude aprovechar la coyuntura para enderezar muy bien la espalda y hacer una meditación budista tibetana, de ésas tan liberadoras, que nos recuerdan las mieles de la falta de ataduras.

No llevé libro, ni celular, tampoco tarjeta de crédito. Sólo un billete y algunas monedas. Iba sin reloj ni pulseras, tampoco sostén. Podía abrir los brazos pues nada me podían robar, excepto la llave de la casa, pero tengo otra escondida en un lugar muy ingenioso. Pensé qué pasaría si alguien muy necesitado me pidiera los zapatos. Me costaría mucho trabajo caminar directamente en el piso porque no tengo costumbre de hacerlo en las aceras. Esperé que eso no sucediera.

Un señor se sentó al otro extremo de la banca y yo en el fondo se lo agradecí. No huyó de mí ni me tuvo miedo. Afortunadamente tampoco me hablaba, parecía mirar hacia adelante con ojos muy perdidos, llenos de cataratas. Tuve muchas ganas de tomar su mano morena, seca y muy arrugada, hacía tanto que no sentía la vida en otro, pero no me atreví.

Cuando cayó la tarde bordeé la colonia, olisqueando para descubrir qué me compraría como alimento. Entré a un café pequeño, miré los pasteles frescos y grandes, una sola rebanada tenía más ingredientes de los que había comido juntos en seis meses de soledad y encierro. Queso con fresas encima y capuchino. A ver cómo le sentaba a mi estómago virgen. Qué rico que te pusieran el servicio limpio, te acomodaran el tenedor al lado del platito y el capuchino humeara y tuviera espuma. Le puse mucha azúcar morena y paladeé todo con un placer profundo y lento.

Fue entonces cuando al fin te extrañé.

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Un comentario en “cUando tuVe tieMpo liBre (segunda parte) ***

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