Cuando empecé a tener tiempo libre, los minutos y segundos se volvieron de goma, chiclosos, largos, desiguales. Me habían dicho mil veces que la gente decente está siempre ocupada, así que tuve que buscar qué hacer.

Se me ocurieron varias labores, la más sencilla, sentarme a revisar atentamente alguna mancha en la pared y recordar todos los objetos que he conocido en la vida para compararla. Muy pronto me aburrió el asunto sobre todo porque me dolían las nalgas de estar tanto tiempo impávida en la silla.
Compré un cuaderno y apunté con seriedad a qué hora orinaba, la consistencia de mis deposiciones, la cantidad exacta de agua que tomaba en 24 horas. Es impresionante el número de cosas que se pueden precisar en papel de lo que uno hace en un día a día. Por las noches hacía las tablas de estadísticas.
Recordé un ejercicio budista: hacer una lista de todas las personas que uno ha conocido en la vida. Despúes sentarse en flor de loto y recordar cada una respirando y al sacar el aire con la cabeza hacia la izquierda proponerse a uno mismo liberar los lazos de energía que puedan quedar hacia ella, para ser mas livianos y cargados de energía.
Una de las formas de usar el tiempo más útil, tal vez, fue vaciar los closets, armarios, cajones y alacenas. Clasificar las cosas, tirar algunas, lavar todo de nuevo y organizar el almacenamiento de diferente manera. Me deshice de la mitad de mis posesiones, los recolectores de basura estaban felices.

De todas maneras los días eran largos y atemorizantes. Revisé la exigua cuenta de banco y calculé cómo podría reducir mis gastos al mínimo. Hice visitas a las tiendas de alimentos, a los mercados, leí acerca de cómo se debe almacenar la comida perecedera. Me liberé del teléfono celular, el gimnasio, el automóvil. No contraté más a la mujer de la limpieza y empecé a lavar los pisos con jabón del más barato, por ejemplo.

Aprendí a hacer shampoo, velas, cremas de cara más sencillas comprando la materia prima. Economicé en el papel de baño porque noté cuan desperdiciada había sido toda la vida.

Me fijé bien cómo van creciendo las uñas y el cabello, cada cuánto tiempo se secan las macetas, cómo va cambiando el clima. Llegué a sentarme enfrente del reloj con segundero a disfrutar cada instante de vida, logrando que cinco minutos se convirtieran en media existencia.

He olvidado a los amigos, no me interesa la moda, no he visto cine ni sé cuál es la música que está al día. Tapé con cartoncillo negro las ventanas para no saber cuándo es día y cuándo de noche, ahora vivo en la eternidad perpetua, indivisible y suave.

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2 comentarios en “Cuando tuve al fin tiempO liBre *****

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