busqué

lo

bueno

de

lo

malo.

Hay exilios que duran toda una vida
y otros que duran un fin de semana.

Entre paréntesis
Roberto Bolaño

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10 comentarios en “

  1. Gracias por su lindo blog doctora,
    No hay pero exilio que el de una misma.

    Gioconda Belli. El ojo de la mujer (Antología, 1991)

    NO ME ARREPIENTO DE NADA

    Desde la mujer que soy,

    a veces me da por contemplar

    aquellas que pude haber sido;

    las mujeres primorosas,

    hacendosas, buenas esposas,

    dechado de virtudes,

    que deseara mi madre.

    No sé por qué

    la vida entera he pasado

    rebelándome contra ellas.

    Odio sus amenazas en mi cuerpo.

    La culpa que sus vidas impecables,

    por extraño maleficio,

    me inspiran.

    Reniego de sus buenos oficios;

    de los llantos a escondidas del esposo,

    del pudor de su desnudez

    bajo la planchada y almidonada ropa interior.

    Estas mujeres, sin embargo,

    me miran desde el interior de los espejos,

    levantan su dedo acusador

    y, a veces, cedo a sus miradas de reproche

    y quiero ganarme la aceptación universal,

    ser la “niña buena”, la “mujer decente”

    la Gioconda irreprochable.

    Sacarme diez en conducta

    con el partido, el estado, las amistades,

    mi familia, mis hijos y todos los demás seres

    que abundantes pueblan este mundo nuestro.

    En esta contradicción inevitable

    entre lo que debió haber sido y lo que es,

    he librado numerosas batallas mortales,

    batallas a mordiscos de ellas contra mí

    -ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-

    transgrediendo maternos mandamientos,

    desgarro adolorida y a trompicones

    a las mujeres internas

    que, desde la infancia, me retuercen los ojos

    porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,

    porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,

    que se enamora como alma en pena

    de causas justas, hombres hermosos,

    y palabras juguetonas.

    Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,

    e hice el amor sobre escritorios

    -en horas de oficina-

    y rompí lazos inviolables

    y me atreví a gozar

    el cuerpo sano y sinuoso

    con que los genes de todos mis ancestros

    me dotaron.

    No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.

    No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.

    Pero en los pozos oscuros en que me hundo,

    cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,

    siento las lágrimas pujando;

    veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,

    blandiendo condenas contra mi felicidad.

    Impertérritas niñas buenas me circundan

    y danzan sus canciones infantiles contra mí

    contra esta mujer

    hecha y derecha,

    plena.

    Esta mujer de pechos en pecho

    y caderas anchas

    que, por mi madre y contra ella,

    me gusta ser

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