Para Homero Facio Gaxiola, que me sugirió convertir el horror en creatividad con esta historia.
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Tenía frente a mí a un joven deportista en el consultorio. Me contaba avances en su vida que me tenían contenta porque los habíamos trabajado mucho conjuntamente.
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Volteé casualmente la mirada a la derecha y vi una enorme palomilla negra posada sobre la puerta que da al baño.
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Le dije: "Ay! Ahí hay una paloma horrible" (esperando por supuesto que en su joven gallardía me dijera: “no te preocupes, ahorita la sacamos”). Me contestó: "Ah sí!", y siguió contando sus relatos.
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Tenía razón, no? Vino a hablar conmigo de sus cosas no a resolver mis tremendos problemas.
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Yo seguí con la sesión de psicoterapia y traté de ser profesional, escucharlo atentamente y contestarle lo necesario. Cada ciertos minutos, sin embargo, tenía que voltear a asegurarme que la palomilla espantosa no se echara a volar.
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Cuando el paciente se fue, en un acto de histeria exhibicionista, anuncié en twitter y facebook: "Ching… ma… hay una paloma negra grande en mi consultorio, no me atrevo a sacarla….. qué hagoooooooooo!"
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Me llegaron toda clase de sugerencias del tipo: abre la puerta y espántala con una escoba, échale mucho insecticida, pídele a alguien que te ayude, háblale de política electoral y verás que se sale solita….
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Lo que verdaderamente me empujó a sacarla – lo único capaz de lograrlo – fue la premura del tiempo: ya casi llegaba la siguiente pacienta, una chica a la que no podía imaginar de "sacapalomas_horripilosas_y_enormes". Soy una profesionista seria.
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Abrí las ventanas y la puerta, temblando le dí un zape con la escoba a la oscura paloma que voló por varios lugares, se posaba y yo le volvía a dar, bailando y gritando todo el tiempo al hacerlo. Tratando de pensar que yo soy más grande y más fuerte que ella y bueno, con todo y todo, un poco menos horrorosa, ideas que poco me ayudaban.
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En un momento dado quedó atrapada entre las hojas de dos vidrios de la ventana. La miré de cerca, traté de abrir esa parte de la ventana y me quedé con la manivela en la mano. “No puede ser!”, me dije por supuesto. Los ojos de la mariposa eran verdosos y ateridos, su cuerpo negro delgado y sus antentas vibrantes. La idea de tocarla me era insostenible. Aleteaba un poco y soltaba unas chispas negruzcas como monstruos negros muy pequeños. Fui por los guantes de lavar trastes, me los puse. Tomé como seis pliegos de papel de cocina y desdoblándome emocionalmente para no ser yo misma sino un títere tan solo, la saqué del quicio y la aplasté. Soltó un jugo café que supongo era su sangre color mierda. La tiré a la basura, horrorizada de haberla además de todo, matado. No sabía en ese momento que ese negro bicho a lo mejor era el anuncio de los días negros y atemorizantes que le esperaban a mi ciudad luego de las elecciones.
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Excelente!!! Me encantó, esto es un cuento. La descripción de los pequeños monstruos negros, qué bien. Gracias por la dedicada.
Me gustó muchísimo el relato y tu valor.