
“Mamá, otra vez siento el celofán en los ojos, sólo que ésta vez es verde”. Jacinta se preocupó mucho, mucho. Con el paso de las semanas había creído que la pesadilla era cosa del pasado, como tantas veces. No se atrevía nunca a decirle a nadie lo que en verdad sucedía. Cómo explicar las voces que le anunciaban cosas y las sensaciones raras. A veces, se sentía privilegiada por lo que le sucedía. Seguramente pocas personas tenían esas oportunidades. La única persona sensible que anticipaba sin saberlo los acontecimientos casi en cada ocasión era su hija Astrid: decía ver el mundo a través de una película de color. El padre de la niña y ella la llevaron varias veces con los médicos que no encontraban nada y hasta insinuaban una enfermedad mental en la pobre. Sólo la primera vez pensó que no había conexión entre una cosa y otra. En ese entonces la nena era bastante pequeña y no podía explicar bien lo que le sucedía pero alcanzaba a preguntar por qué “todo estaba pintado con sandías”. “¿De qué hablas?” le preguntaban todos.
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Sentada en la mesa del comedor trataba de concentrarse para terminar el reporte en medio del ruido constante de sus dos hijos Astrid y Daniel. Levantó la vista un momento del papel y no había pared que dividiera la estancia de la cocina. Se llevó el susto de su vida, sintió que el estómago se le volteaba y se levantó como resorte. Estaba tan desconcertada que no podía hablar. Unos momentos después estaba la pared de nuevo como siempre. Más aterrador fue notarse flotando en el aire, a los pocos minutos, los juguetes de los niños y los muebles suspendidos quién sabe cómo y los edificios de alrededor completamente a la vista. Dio una patadita en el “piso” inexistente y escuchó el tenue sonido de la alfombra aporreada. Los niños jugaban y alborotaban sin notar nada cuando todo reapareció ante su vista.
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Más de dos años transcurrieron hasta que Astrid se quejó de nuevo. “Mami, parece que tuviera unos lentes de sol puestos todo el tiempo por que veo muy oscuro y como del color de las piscinas de Cuernavaca”, dijo. Jacinta asumió que era el preludio de una migraña y le dio analgésicos con leche. Esa misma noche vio desaparecer el techo de su habitación al estar acostada y sintió las telas como de araña, sedosas y que le producían comezón y ronchas. Tocó el cuerpo de su esposo que roncaba fuerte, respiró profundo esperando que todo pasara y no tener que contarle todo ésto tan inexplicable, cuando en efecto, la normalidad volvió.
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Jacinta empezó a tener el hábito compulsivo de mirar con atención a su hija en busca de señales que le avisaran que el horror regresaría. Cualquier ansiedad de la niña la ponía tensa y a la defensiva. A veces la niña se quejaba y a veces no, alrededor del tiempo en que escuchaba los crujidos cerca de las orejas y las voces que parecían un chiste, una caricatura: infantiles y susurrantes. Casi le hacían cosquillas de lo cerca que las percibía, riendo y discutiendo un poco a la manera de sus propios hijos. Si hubiera tenido que describir el asunto, diría que unos duendecillos traviesos se paraban muy cerca de su cara a jugar, corretear y pelear casi siempre divertidos.
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La vida siguió, los niños se hicieron adultos, se fueron a sus propias casas. Casi 25 años pasaron antes de que viviera ella de nuevo bajo el mismo techo que Astrid en una sólida institución psiquiátrica, confortable pero fría. Ya no había colores para Astrid ni duendecillos o desapariciones de paredes para Jacinta: solo una gran quietud interior, sorda, desapegada y cotidiana generada por la bondad de los medicamentos.