cómo me sentiría de perdida, que hice eso que siempre dije a todos que era vergonzoso: tomé un camión turístico para pasear por la ciudad desconocida. compré un boleto que tiene 24 horas de vigencia y con 20 paradas posibles en las cuales uno se baja, vagabundea y puede reincorporarse para seguir hasta la siguiente estación donde le apetezca estacionarse. ¿el zoológico?; hace demasiado sol. ¿la fábrica de cerveza?, en exceso prosaica, ¿el museo de arte moderno?, ….. ¡bingo!. “deje la contribución que le parezca adecuada”, dice en la entrada. de inmediato, por supuesto, localizo el baño público del lugar, después miro los catálogos sentada con un café enfrente en una mesita muy mona. paseo por las diferentes salas haciéndome bolas de cual sigue a cual. tan interesante como las obras de arte, son las caras de fastidio descomunal de los empleados tiesos como cartoncillo situados en cada estancia, mirándolo a uno para que no toque las bellezas y reliquias del lugar. gente con ocho horas al día para pensar en sus asuntos, leer, sentir claustrofobia y rabia infinita por no poder salir a respirar la ciudad, por no tener la libertad del turista, del que vaga o tiene el día libre. piernas hinchadas de estar parado, quijada endurecida y sueños avejentados aunque se tengan pocos años. los museos ilustran a uno acerca de los trabajos que afortunadamente no se tienen. claro, es posible que me equivoque y sea el trabajo ideal para crear en la cabeza historias, ensoñar, leer novelas, recibir un pago por estar a salvo bajo un techo refrigerado y con bebederos a la mano.