le dijimos a la mariposa que se saliera de la habitación y no nos escuchó. revoloteó por todos lados sin dejarnos conciliar el sueño. cuando por fin se rostizó con el foco caliente de la lámpara,
nuestro narcisismo infinito nos hizo creer que era su justo castigo por habernos atropellado tantas horas el descanso.