Siempre me sucede solamente si estoy realmente distraída, en esos raros momentos donde la vida me regala la posibilidad de ser y no ser al mismo tiempo. Es cuando nadie me vigila, al menos que me dé cuenta, y no tengo que llegar pronto a ningún sitio o hacerme cargo de algún detalle que sucede. Entonces, evidentemente es rara la ocasión propicia.

Esta vez fue que me cancelaron unas horas del proyecto en el que estaba metida hasta las orejas, que me pude distraer. Decir "pude" es explicarlo muy mal, es algo que me "sale", que es mejor palabra, porque implica no estar enclavada en el piso sino en los aires.

Me senté en la silla a la manera esa de cuando nadie nos mira, y que todos conocemos: inflé la barriga a mi aire, abrí las piernas colgadas del asiento y aventadas en el suelo de manera holgada. Tocaba un poco mi cuerpo tratando de liberarlo de cualquier atadura de la ropa, balbuceaba quién sabe qué cosas.
Luego no necesité el cuerpo para respirar, ni alas para volar, tampoco piernas para sostenerme, me sobraron los huesos y las vísceras. Me sentí sin nuca, sin pecho, sin ojo y sin días. Sin orejas, ni piel, ni tiempo ni prisa. No había aire, ni música contenedora, ni habitación, ni nombre, mucho menos apellido.
Mis ojos se volvieron uñas, mis cabellos brisa, las uñas ojos y la brisa cabello. Fui un algodonoso paquete de vuelos, porosos, inasibles, tal vez del color de las fresas partidas. Los espacios abiertos me llenaron de universo, me esparcieron por todos lados y por ninguno.
Recordé que mi mayor placer es no ser, en lugar de ser.