Hablábamos muy suavemente, en tono muy bajo porque nuestra relación era de intimidad emocional. (Se habla quedamente porque el otro está cerca y nos puede oír, y eso implica que nuestros cuerpos tienen permiso de estar muy juntos, mas que lo socialmente común). Tu me decías que te sentías incompetente para ser espontáneo en los grupos sociales, que te llenabas de tensión, se te crispaban las manos y sudabas mucho cuando tenías que participar en una conversación de mas de dos. Yo me quedaba muy callada, mirándote, escuchando lo que me decías y mas bien pensando en lo espontáneo y genuino que te expresabas conmigo. Me costaba trabajo imaginarte trabado y mal ante las gentes, me apesadumbraba mucho. Te dije solamente que a mí me parecías una persona tan encantadora que se me hacía imposible que alguien no sintiera apego a tí. Me miraste intensamente y tus ojos se vidriaron. La comisura de tu boca dibujó una tímida sonrisa. Fuimos dos en uno, muy cerca, y ese momento está en mi afectividad para siempre.