
Shered, Tristán Estar, aquel Eric, El Enigma, Noemí, Knox, Kat, jorge cuevas, Ce pequeño, Vir, Alan, Manuel, Hamletmaschine, Javier Dávila, El señor K. y RN.
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Todo comenzó, o finalizó, aquel día en que les confesé mi absoluta carencia de lágrimas y de algún sentimiento similar al dolor de la pérdida.
Teniendo en cuenta que les estaba contando el momento en que la encontramos sumergida en su propia sangre, con los ojos abiertos y sus manos destrozadas por el intento inútil de sobrevivir a la masacre; seguramente sus caras escandalizadas no resulten tan ilógicas al resto de los mortales como me resultaron a mi. Y sin importar mis argumentos se me seguirá acusando de maldito insensible, lo que no está mal; en el fondo admito serlo, sino no podría haberle hecho lo que le hice. Porque aunque nadie me crea, yo la amaba.
Y ustedes también la hubieran amado! Si tan sólo hubieran estado ahí, junto a ella. Sin embargo las cosas cambian, los sentimientos mutan. No quiero decir con esto que la dejé de amar, sólo que ahora la amaba en más maneras.
Mientras mirábamos la sangre y el cuerpo, se sentía ese silencio incomodo que reinaba en el ambiente, sobretodo conociendo el peligro que acechaba escuchándose bajo el manto de la noche. Todos nos mirábamos con recelo, como si fuéramos completos desconocidos, aún no asimilábamos lo ocurrido, ni supimos en que momento comenzó todo…
Mire mas allá del horizonte, donde dentro de unas pocas horas saldría el Sol dando paso a todo tipo de elucubraciones. Mientras lo hacía, introduje mis manos a mis bolsillos, las saqué instintivamente al sentir un dolor punzante recorriéndome los dedos, horrorizándome al darme cuenta de lo que lo había producido: un cuchillo manchado con sangre, que ahí, a la vista de todos había salido de uno de mis bolsillos.
El terror me dejó impavido ante tal descubrimiento, pero corrí a esconderlo. El rastro de sangre por la escaleras era tupido, lo veía subir o bajar, dependiendo mucho del sentido en el que se vieran las cosas, la verdad es que poco a poco la garganta se me cerraba, por ello entré a la cocina, abandoné un instante el cuchillo sobre la tarja y abrí el refrigerador … para dar con la cabeza de mi madre!
Y es que sí, mi madre es una tarántula, y su cabeza se asomaba por entre los hielos del congelador, para rematar el terrible desasosiego que ya tenía por haber matado a Ana de esa manera sangrienta. Creo que como siempre estaba presente la imágen materna que me recordaba lo malo que he sido siempre de los siempres… entonces decidí mejor empezar la botella de ron…
Y así, de botella en botella, quería olvidar, buscaba el alcohol para poder dormir y no recordar, pero en la mitad de la noche despertaba gritando POR QUE MADRE? POR QUE MADRE?… tembloroso buscaba otra botella para olvidar ese rastro de sangre, esa cabeza con rostro acusador y sobre todo su mano llena de sangre. Conforme pasaban los días y las botellas, se incrementaba el recuerdo, ya no aguantaba esa imagen hasta que decidí ya no ocultar mas esa verdad. Salí a gritar mi culpa y mi pecado, pero la gente solo veía en mí a un borracho, un delirante, un perdido, un loco. Y así me dí cuenta que la verdad era mentira para el mundo que no entendía el por que de mi delirio por lo que decidí encontrar a otro culpable, para ver si así encontraba castigo.
11.
Y buscó incansablemente, por los confines de su universo, por ires y venires, por andares y recordares. Pero no, nada era cierto. Tan sólo permaneció sobre el suelo, apestando a alcohol, sin gesticular palabra o intentar movimientos. Creía ver mujeres con aspecto de mantis religiosas tejiendo telas de araña y comiéndose las cabezas de sus amantes, luego de intensas sesiones de pasión y destrucción.
Aunque se jactaba de ser insensible, el sueño lo convenció de que la pesadez de los ojos era más real que cualquiera de todas esas alucinaciones que se habían venido produciendo dentro de él. En el techo se veía el reflejo instantáneo y pasajero de los carros que pasaban salpicando a las personas que esperaban el colectivo.Creyó haberse despertado…
Entonces vio un charco plateado reflejando la noche, con esa inmensidad masacrada y llena de heridas brillantes; trató de correr pero sus piernas flaquearon, tropezó y sintió de pronto entre sus dedos la sangre nuevamente, esa sangre culpable que le recordaba aquella tarde cuando se olvidó de todo; ese sentimiento y la furia como un halo de muerte lo volvieron a cubrir, vio a su alrededor y escuchó esa demencial risa taladrándole, mientras comenzaba a girar el mundo, oscureciendo su mirada… se levantó enloquecido tratando de escapar de sí mismo.
111.
De pronto ella estaba allí. Elevada sobre aquella silla roja, la sangre se confundía con su vestido bermellón y su cabellera encendida. Se golpeó los ojos, y en un intento de salir hacia no sabía dónde, la esuchó:
“Fraccionada mi alma no está. Soy tu divisa y tu muerteâ€.
Rojo escalando las paredes, goteando en el techo, brillando en aquel amado rostro. Rojo por todas partes.
Salió a la calle. Todas las gentes, si es que lo eran, parecían más bien autómatas que se dirigían de un lugar a otro sin hacerle el menor caso, sin saber que hace apenas algunas horas había cometido un crimen impensable para la mayoría de ellos. Él caminaba entre ellos, todavía con las manos llenas de sangre, oliendo a alcohol, y desconcertado. Había decidido como ponerle fin a esta secuencia de eventos. Tenía que llegar al lugar donde comenzó todo, entró a una tienda, compró una botella de agua con los pocos pesos que traía consigo. Se lavó las manos, la cara, y se peinó. Salió de la tienda sin prisa y se dirigó al punto cero.
1V.
Bueno, no era tan fácil disimular la sangre, menos la angustia de verse perseguido por los sentimientos de culpa que se ocultaban en cada mirada que sentía clavada en su espalda mientras caminaba, buscando cada vez los rincones mas sórdidos y obscuros de la ciudad para terminar lo que no podía tener otro fin que el de seguir, con las manos escurriendo sangre, caminando en las noches sin luna, mientras cada vez se hacia mas notoria su actitud en las calles y sin embargo nadie tenía el valor de confrontarlo. Ese día se dio cuenta que su cuerpo había empezado a transformarse en una pequeña criatura que pasaba casi desapercibida, en la que ya ni siquiera se adivinaba su sexo, era un animal que buscaba las victimas noche a noche, pese a su angustia por ponerle fin…
Regresaba a su casa y el hedor de la muerte le sonreía, la sangre iba trazando sus sueños en una oscuridad de fauces que iba cayendo a pedazos. El era Rey de un imperio pestilente, sentado en un trono de huesos y vísceras, el único capaz de esos actos extremos en una ciudad de timoratos… Pero una simple mañana de agosto, en el tren, sencillamente un pasajero sacó una navaja y le cortó el cuello de un tajo a otro; éste, con las pocas fuerzas que le quedaban, le golpeó contra la pared con una extraña fuerza otorgada por la adrenalina y la desesperación. Y. aún así, en sus miradas no había odio, sino una extraña apatía, compartida por el resto de los pasajeros. Los elementos de seguridad retiraron los cuerpos con esa misma indiferencia, como chacales agotados. Esto desconcertó enormemente al otrora depredador, que al llegar a casa se sintió despojado. Aquella tarde, él subió a la azotea, sofocado por un extraño presentimiento, por una ansiedad sin nombre. El detonante fue el sonido de un cristal haciéndose pedazos, de donde brotó el cuerpo de una mujer, al otro lado una anciana venía arrastrando otro cuerpo por la acera, grupos de jóvenes se enfrentaron en las calles armados de cadenas, navajas, bombas molotov y botellas rotas… pero sin odio, sin desesperación, sólo la violencia por la violencia misma, como si ésta les hubiera usurpado la vida… ¿Qué estaba pasando? La electricidad fue cancelada, la noche se llenó con el murmullo de innumerables actos de violencia, muy pronto iniciaron varios incendios que ningún bombero intentó apagar, todos se habían convertido en asesinos sin emociones ni sentimientos, se habían arrancado una máscara que, por lo visto, siempre había estado allí. La palabra asesino no tuvo ningún significado ya. Y sólo entonces, él supo exactamente qué hacer…
V.
Tenía que encontrar su culpa. No sentía remordimientos; no era una cuestión moral, sino puramente intelectual. Le daba igual que el mundo fuera uno u otro; sólo tenía que ser congruente, y él, Joaquín, había hecho algo mal. Volvió sobre sus pasos esperando llegar a tiempo. Encontró el cuerpo de Ana, curiosamente desprendido de lo que fue ella cuando vivía. Quizá —pensó—, si existe un alma.
Se arrodilló, sacó la navaja del cuello de Ana, la limpió meticulosamente con una servilleta de papel y escogió el brazo izquierdo para empezar a desollarla. Al primer contacto de la navaja, Ana lanzó el grito más insensato y perverso que nadie hubiera escuchado.
Él dio un salto, con las venas de las sienes a punto de estallarle. Miró por la ventana. Un viejo desdentado le hacía señas con la mano mientras le sonreía. Sacó más la cabeza. Una adolescente hermosa le sonrió de lado y siguió su camino. Enfrente, el vecino le sonrió y movió la cabeza en señal de reconocimiento. Joaquín cerró los ojos y aulló.
—Si ya estás muerta —le dijo a Ana—, cállate.
Volvió a arrodillarse y apuñaló de nuevo a Ana hasta que los dos dejaron de gritar.
Repitió la incisión de la navaja en el brazo. Ahora pudo desprender una tira de dos centímetros de piel. La comió sin pensarlo y continuó hasta que quedó ahíto.
Se arrastró a un rincón de la cocina y se quedó dormido hasta que lo despertaron las sirenas.
La bocina ronca de las cantantes marinas lo sorprendió sobre el frío piso de baldosas, lo obligó a abrir los ojos repentinamente, a encontrarse desnudo y bañado en sangre, a mirarse en el espejo de la noche y reconocerse en el crimen y el olvido. Trató de llorar pero las lágrimas no acudieron. Se jaló los cabellos, se puso de pie de un salto, sorpresivamente recuperado, se acercó a pasos frenéticos a la ventana y la rompió con los puños.
El aire del mar entró por el boquete, el olor intenso de las mareas y las algas arrastradas por la pleamar, el olor de las ballenas que habìan ido a morir en silencio durante la noche y que respiraban con dificultad sobre la arena gris de la playa…
EL FIN
Despertó por completo. Se desvaneció el mar y sus habitantes. Se percató del ruido de los coches de policía y apenas alcanzó a huir. Corrió por las azoteas. Se detuvo en una vieja pileta a lavarse y hurtó ropa de unos tendederos. Sonrió al mirarse en un pedazo de espejo, pero no tenía tiempo. Bajó unas escaleras desconocidas y salió a la calle, su misma calle, pero desde un lugar desconocido.
Llegó a la estación y abordó el primer tren. Sentado entre extraños, comenzó a tranquilizarse. No habría huellas digitales que lo incriminaran, pues era su propia casa. Llegaría a la población siguiente, se desharía de la navaja y volvería como si no supiera nada. Pero al buscarse la navaja en el bolsillo, vio que no la tenía y sufrió un acceso de pánico. Discretamente se rebuscó en los bolsillos mientras su angustia aumentaba. En ese momento, entró otro pasajero y ocupó el último asiento, justamente frente a él. Llevaba un suéter con cuello muy alto, sombrero, lentes oscuros. Pasó un instante, en el que Joaquín reanudó su búsqueda. Entonces, se inclinó hacia él:
—¿Es esto lo que buscas —le preguntó mostrándole su navaja ensangrentada.
—Joaquín reconoció la voz de Ana.
Ana se quitó los lentes y sin dejar de mirarlo a los ojos le tajó el cuello de un lado al otro. Joaquín gritó con todas sus fuerzas.
—Si ya estás muerto —le gritó Ana—, cállate. Y lo apuñaló hasta que los dos dejaron de gritar. Afuera, amanecía por fin y con el sol llegó el silencio.