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  Desde niña tuve ganas de subir por esa escalera de caracol, pero mi madre me decía que no lo hiciera. Tuvo que pasar mucho tiempo para que entendiera que aunque ella me lo dijera, yo podía decidir otra cosa diferente. Cuando dí el primer paso hacia arriba la emoción me convirtió en gigante, en reina, en preciosa y atrevida. Investigaba si los escalones estaban firmes, porque sonaban a lata vieja y resquebrajada. Entendí que para alcanzar hay que arriesgarse mucho, pero mucho. Olía a polvo, a humedad, a misterio. El frío se metió en mis huesos, los ojos se me llenaron de gajitos blancos, de enanitos volando, de pies sin cuerpo, de pesadillas compactadas. Mareaban las curvas, y no quise mirar hacia abajo para evitar el vértigo. Llegar a la azotea fué un premio inmerecido: espacio profundo, todas las posibilidades, seres de todos tipos para conversar, diversidad de cuerpos y mentes para usar, viajes in situ a todos los mundos posibles, heroísmo, bienestar, aventura y flores y joyas de colores.