Estaba en un supermercado, ya había elegido la compra, y estaba formada en la fila para pagar. Habría unas seis personas antes que yo. Decidía si pagaría con efectivo o con tarjeta, pensaba en lo que prepararía de cenar, repasaba el carro con los productos para ver si no se me olvidaba algo. Examinaba a la cajera que me tocaría para ver si no había alguno de esos imprevistos que hacen que uno se demore por la confusión o asunto de otro comprador. Noté que había alguien mas detrás de mí, formado. Volteé distraída, y él me estaba mirando, cambié la cabeza de posición. Pero me tocó discretamente el hombro, lo miré y me dijo que quería obsequiarme algo. Por supuesto pensé que no tenía porqué aceptar nada de un desconocido, pero su sonrisa era encantadora.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó un objeto pequeño, me lo enseñó: era un huevo tallado en mármol lleno de recovecos y decoraciones abrumadoramente bellas. Una cáscara en forma de huevo, diría mas bien, tallada delicadamente, dejando ver dentro un elefante también de mármol, exquisitmente detallado. Mientras lo observaba fascinada, el hombre desapareció, y me quedé con el tesoro en la mano, muy desconcertada. Desde ese día, tengo el don de la ubicuidad, y puedo estar en varios lugares a la vez (hasta ahora el número máximo ha sido de 4), conservando la lucidez, la coherencia, e incluso el amor a las cosas. Mi vida se ha multiplicado como los panes.