Un ratito
Despertar de manera natural, sin alarmas, con la luz del día, es un gran privilegio que no puedo tener todos los días, porque doy clase a las siete de la mañana o veo pacientes a esa hora. Hoy tuve esa oportunidad, y algo es diferente: una especie de naturalidad para el cuerpo. Abrir los ojos cuando ya hay claridad, permite el impulso de dar el salto de la cama con bríos. Me gusta de los despertares que son momentos callados, un tanto herméticos y mecánicos. Tenemos una rutina, que nos permite movernos automáticamente y el cerebro gira alrededor de las cosas en paz. Algunas cosas me dan pautas para echar la máquina a correr, como es el sorbo del café, o el agua tibia sobre la cara. Mi conducta se ha vuelto perversa, porque en un nivel similiar de urgencia que otras funciones me arrincono a prender la laptop, como si ahí dentro se me informara de la continuación de las horas. Otras cosas que me gusta hacer por las mañanas es cantar, mirar el desórden de algún pedacito de casa, oler la tierra cuando se moja al regar mis rosas. Me da por mirar al perico, meter la mano en la jaula a riesgo de ser apuñalada por su pico y cambiarle el agua y las semillas, ponerle una servilleta blanca nueva debajo de la jaula para que se vea pulcro, mirar como usa el agua para darse su baño de cara y alas. Si como cereal, tengo que leer lo que dice en la caja aunque lo haya hecho mil veces, es alegre saber que te estás comiendo 12 vitaminas y hierro industrializado. Me gustan las mañanas en que sí quiero que el día transcurra y que las cosas que tienen que pasar, mas algunas sorpresitas, pasen.