Como al que busco es a ti, sólo a ti, estando insolándome en el zócalo no logro ver al mesero en el hotel Holiday Inn de la Plaza de la Constitución, que atiende en el restaurante de la azotea, bastante abstraído en sus pensamientos sirviendo platillos mecánicamente.
Tampoco al danzante azteca, con taparrabos y calzones de marca representando el folklore mexicano lo mejor que puede y sacándole raja al asunto.
Me marea ver trabajadores diversos, sentados junto a las rejas de catedral con letreritos que dicen su oficio: “Yesero”, “Plomero”, “Carpintero”.
Los grupos de turistas japoneses me dan pereza, con sus camaritas y gorras mirándolo todo desde su cara asustada.
Chiapanecas indígenas que venden artesanías falsas, soldados que suben y bajan la bandera, intermediarios que compran boletas y artículos de gente que va al Monte de Piedad, campaneros de la catedral, listos para el repique del mediodía.
Está el vendedor de libros piratas, los oficinistas de todo tipo, los joyeros en los arcos de plateros, los eternos inconformes en plantón, que se manifiestan indefinidamente con tiendas de campaña, con sus mantas alusivas y excusados portátiles.
Los desocupados surtidos, los merolicos, todos, me parecen nada por que no son tú, que me vuelves insípido al mundo si no siento tu boca encima de la mía.